Resumen
En la cultura contemporánea se multiplican los eventos, las experiencias intensas y la conectividad permanente, mientras disminuyen los rituales capaces de ordenar el tiempo, instituir etapas y sostener el lazo social. Este artículo propone que no asistimos a una ausencia total de rituales, sino a una mutación de su función: del acto encarnado que produce sentido al evento consumible que se agota en sí mismo. A partir de un diálogo entre filosofía social, antropología y clínica psicológica, se analizan los efectos subjetivos y vinculares de esta transformación —fatiga existencial, soledad estructural, identidades reversibles— y se propone la recuperación de la función ritual desde la vida cotidiana, el cuerpo y la trama intergeneracional.
1. Introducción: de la experiencia a la trama
Vivimos rodeados de estímulos, celebraciones, hitos visibles y experiencias compartibles. Sin embargo, muchas personas refieren cansancio, sensación de vacío y dificultad para habitar su propia vida. La paradoja es clara: cuanto más sucede, menos parece quedar.
La hipótesis central de este trabajo es que el malestar contemporáneo no proviene de la falta de experiencias, sino de la pérdida de trama. Una vida con trama no es una vida más intensa, sino una vida hilada, donde los momentos se encarnan, se repiten, se recuerdan y se integran en una historia habitable.
2. Ritual y evento: una distinción necesaria
No todo lo que se celebra es un ritual. Desde un punto de vista funcional, el ritual se diferencia del evento en varios aspectos clave:
- Institución: el ritual no expresa algo previo, lo crea. Marca un “desde ahora”.
- Irreversibilidad simbólica: introduce un antes y un después.
- Duración: no se agota en el instante; deja huella.
- Cuerpo implicado: se hace con las manos, el tiempo y los sentidos.
- Comunidad: produce un “nosotros”, no solo una audiencia.
El evento, en cambio, privilegia la novedad, la visibilidad y el consumo. Excita, pero no sedimenta. Puede ser intenso y estéticamente impecable, sin producir integración subjetiva.
3. La vida sin anclas: subjetividad contemporánea
La mutación del ritual en evento está asociada a la producción de un tipo de sujeto característico de nuestra época:
- Rápido: pasa de una experiencia a otra sin integrar.
- Disponible: siempre abierto, siempre revisable.
- Flexible: identidades y roles intercambiables.
- Hipermentalizado: mucho insight, poco cuerpo.
- Autogestionado: el yo carga solo con la tarea del sentido.
Este sujeto no necesariamente “está mal”, pero suele estar cansado. No se trata de depresión clásica, sino de una fatiga existencial producida por la ausencia de bordes temporales y cierres encarnados.
4. Efectos psicológicos observables
La pérdida de la función ritual tiene consecuencias clínicas y vitales concretas:
- Desregulación del tiempo psíquico: todo se superpone, nada termina de cerrarse.
- Duelos incompletos: separaciones comprendidas pero no soltadas.
- Identidades frágiles: dificultad para habitar elecciones.
- Hiperreflexión agotadora: comprender no alcanza para descansar.
- Eventización de la vida: picos de intensidad seguidos de vacío.
El malestar resultante es difuso, persistente y profundamente solitario.
5. Vínculos sin espesor y soledad estructural
En una vida sin anclas rituales, los vínculos también se transforman:
- Se privilegia la gratificación inmediata por sobre la duración.
- Se entra y se sale sin umbrales claros.
- Los conflictos se viven como señales de falla, no como parte del proceso.
El resultado es una paradoja: soledad incluso en compañía. No falta contacto; falta pertenencia y continuidad.
6. Etapas de la vida sin institución
La disolución de los rituales afecta también a la organización del ciclo vital:
- Adultez difusa: dificultad para asumir límites y responsabilidades.
- Juventud extendida: exigencia de mantenerse siempre vigente.
- Vejez sin estatuto simbólico: negación del paso del tiempo.
Sin rituales que instituyan pasajes, las personas quedan atrapadas en una liminalidad permanente.
7. Hijos, transmisión y organización del sentido
La disminución de la natalidad y el surgimiento de sustitutos afectivos (mascotas, “perrijos”) no deben leerse moralmente, sino simbólicamente. La crianza cumple funciones estructurales:
- Ordena el tiempo en ciclos.
- Reintroduce rituales cotidianos.
- Saca al yo del centro.
- Produce transmisión intergeneracional.
Cuando estas funciones faltan, el sentido queda privatizado y la soledad se intensifica.
8. El cuerpo y los sentidos como lugar del sentido
La trama no se construye con ideas, sino con huellas sensoriales:
- Colgar una guirnalda.
- Inflar un globo.
- Elegir, tocar, oler.
- Preparar en lugar de delegar.
Estas acciones, aparentemente simples, inscriben el tiempo en el cuerpo y crean memoria afectiva. Producen mundo en lugar de consumirlo.
9. Recuperar la función ritual hoy
No se trata de volver a rituales tradicionales rígidos, sino de recuperar su función estructurante. Un ritual contemporáneo efectivo incluye:
- Gesto corporal real.
- Tiempo delimitado.
- Sentido nombrado.
- Testigos.
La clave no es la grandiosidad, sino la repetición y la verdad del acto.
10. Conclusión: trama como resistencia humana
La cultura contemporánea produce sujetos libres y lúcidos, pero crecientemente solos. La pérdida de rituales, de comunidad y de transmisión no libera: deja al individuo solo frente a la tarea imposible de construir sentido en aislamiento.
Recuperar la trama —a través del cuerpo, los rituales cotidianos y el lazo intergeneracional— no es nostalgia ni conservadurismo. Es una forma de resistencia psíquica y una apuesta por una vida más habitable.
Vivir con trama es, hoy, un gesto profundamente contracultural y profundamente humano.
